Han pasado muchas lunas desde aquel día de verano en el que el Real Madrid consiguió hacerse con el ansiado fichaje de un brasileño jovencito y flacucho que jugaba en el Santos brasileño y al que casi todos comparaban, ni más ni menos, con Pelé. Fue el 30 de julio del año 2005, y Robinho llegaba al Real Madrid como un jugador que iba a dar un salto de calidad considerable en la plantilla. Pero no fue así. Todos recordamos su primer partido con la camiseta blanca, ante el Cádiz en el Ramón de Carranza. Aquel día Robinho cambió el signo del pa
rtido y parecía confirmar todas las esperanzas puestas en él. Su siguiente partido fue ante el Celta en el Bernabéu, y Robinho y el Madrid cayeron. Las actuaciones de Robinho, tanto durante la temporada de su debut como la siguiente, dejaron en el recuerdo más sombras que luces, mostrando a Robinho como un jugador de fuegos artificiales, que hacía cosas muy bonitas de cara a la galería pero que de echarse al equipo a la espalda en momentos difíciles y cargar con la responsabilidad ofensiva, ni rastro. Siempre daba la impresión de que Robinho podía romper los partidos en cualquier momento, pero nunca lo hacía. Expectativas que se quedaron en más expectativas. La tercera temporada de Robinho en el Madrid parecía que sería diferente. Le costó un poco arrancar, pero en cuanto se puso un poco a tono el brasileño comenzó a marcar las diferencias, dejando actuaciones para el recuerdo, especialmente un choque en Chamartín ante el Villarreal que se decidió
con dos bonitos goles de Robson. Pero justo cuando Robinho parecía estar mejor se lesionó. Su reaparición tras la lesión fue increíble, con dos golazos que decidieron un choque bastante trabado en Huelva. Tras este espectacular regreso el Madrid se encomendó a su joven figura para sacar adelante el complicado partido ante la Roma que decidiría cuál de los dos equipos pasaría a cuartos de la copa de Europa. En ese partido a Robinho ni se le vio y el Madrid cayó eliminado. A partir de entonces el brasileño fue perdiendo peso en el equipo hasta convertirse en un jugador al que Schuster sólo utilizaba de vez en cuando en las segundas partes. El Madrid ganó la Liga gracias a que aparecieron otros a los que no se les esperaba (Higuaín, Sneijder, Raúl...), pero a Robinho, al que siempre se le esperó, no se le vio el pelo. Aquí comenzaba la primera parte del divorcio entre Robinho y el Madrid. La segunda parte vino en verano, con el culebrón de Cristiano Ronaldo, en el que Robinho se sintió utilizado como moneda de cambio. A partir de entonces todo fueron malas caras y presion
es del brasileño para irse a Inglaterra rumbo al Chelsea, que llegó incluso a poner en venta su camiseta con el nombre del astro carioca. Sin embargo no fue el Chelsea el que se hizo con él, sino el Manchester City y a última hora. Todo fue gracias a que un grupo de empresarios árabes se hicieron con el club inglés trayendo consigo una inmensa fortuna. Dio la impresión de que en los intereses de Robinho primaba sobre todo el hecho de salir de Madrid así como de contar con un sueldo mayor que el que obtenía en el club blanco. En fin. Otro matrimonio que acaba en fracaso. Lo que antes eran todo sonrisas y piropos entre Robinho y el Madrid se acabaron convirtiendo en malas caras y rajadas. Mala cosa que no deja bien ni a uno ni a otro. A estas horas Robinho, el que dijo que se iba para convertirse en el mejor jugador del mundo, está en Manchester disfrutando de un sueldazo pero en puestos de descenso. El año que viene tampoco le veremos en Champions. Y puede que tampoco en Uefa. Mal vamos.
rtido y parecía confirmar todas las esperanzas puestas en él. Su siguiente partido fue ante el Celta en el Bernabéu, y Robinho y el Madrid cayeron. Las actuaciones de Robinho, tanto durante la temporada de su debut como la siguiente, dejaron en el recuerdo más sombras que luces, mostrando a Robinho como un jugador de fuegos artificiales, que hacía cosas muy bonitas de cara a la galería pero que de echarse al equipo a la espalda en momentos difíciles y cargar con la responsabilidad ofensiva, ni rastro. Siempre daba la impresión de que Robinho podía romper los partidos en cualquier momento, pero nunca lo hacía. Expectativas que se quedaron en más expectativas. La tercera temporada de Robinho en el Madrid parecía que sería diferente. Le costó un poco arrancar, pero en cuanto se puso un poco a tono el brasileño comenzó a marcar las diferencias, dejando actuaciones para el recuerdo, especialmente un choque en Chamartín ante el Villarreal que se decidió
con dos bonitos goles de Robson. Pero justo cuando Robinho parecía estar mejor se lesionó. Su reaparición tras la lesión fue increíble, con dos golazos que decidieron un choque bastante trabado en Huelva. Tras este espectacular regreso el Madrid se encomendó a su joven figura para sacar adelante el complicado partido ante la Roma que decidiría cuál de los dos equipos pasaría a cuartos de la copa de Europa. En ese partido a Robinho ni se le vio y el Madrid cayó eliminado. A partir de entonces el brasileño fue perdiendo peso en el equipo hasta convertirse en un jugador al que Schuster sólo utilizaba de vez en cuando en las segundas partes. El Madrid ganó la Liga gracias a que aparecieron otros a los que no se les esperaba (Higuaín, Sneijder, Raúl...), pero a Robinho, al que siempre se le esperó, no se le vio el pelo. Aquí comenzaba la primera parte del divorcio entre Robinho y el Madrid. La segunda parte vino en verano, con el culebrón de Cristiano Ronaldo, en el que Robinho se sintió utilizado como moneda de cambio. A partir de entonces todo fueron malas caras y presion
es del brasileño para irse a Inglaterra rumbo al Chelsea, que llegó incluso a poner en venta su camiseta con el nombre del astro carioca. Sin embargo no fue el Chelsea el que se hizo con él, sino el Manchester City y a última hora. Todo fue gracias a que un grupo de empresarios árabes se hicieron con el club inglés trayendo consigo una inmensa fortuna. Dio la impresión de que en los intereses de Robinho primaba sobre todo el hecho de salir de Madrid así como de contar con un sueldo mayor que el que obtenía en el club blanco. En fin. Otro matrimonio que acaba en fracaso. Lo que antes eran todo sonrisas y piropos entre Robinho y el Madrid se acabaron convirtiendo en malas caras y rajadas. Mala cosa que no deja bien ni a uno ni a otro. A estas horas Robinho, el que dijo que se iba para convertirse en el mejor jugador del mundo, está en Manchester disfrutando de un sueldazo pero en puestos de descenso. El año que viene tampoco le veremos en Champions. Y puede que tampoco en Uefa. Mal vamos.Fuentes de las imágenes:

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